Qué hacer Ciudad

Donostia en un día, para quien solo tiene uno

Donostia cabe en un día si se anda y se elige. Una mañana para la Parte Vieja y Urgull, el mediodía en la barra, la tarde para la bahía de punta a punta y la noche al otro lado del río, en Gros.

Donostia es pequeña, y eso es lo que permite verla en un día: casi todo lo que merece la pena está entre dos montes y a la orilla de una bahía, y se hace andando. Lo que no permite es verlo todo. Un día da para la Parte Vieja, Urgull, la bahía entera y una noche en Gros, y para poco más si se quiere sentarse a comer.

Así que este recorrido es eso: un día a pie, de este a oeste por la mañana y la tarde y de vuelta al este por la noche, con lo que se puede quitar si las piernas o el tiempo no dan. Lo que se queda fuera, al final.

Antes de empezar: la maleta y la marea

La maleta, primero. Quien llega con equipaje y se va esa misma noche tiene dos consignas abiertas las veinticuatro horas: Lock & Enjoy!, en la plaza Sarriegi, en plena Parte Vieja, con taquillas digitales que se reservan por internet, y San Sebastián Lockers, en la planta baja de la estación de autobuses, que está conectada con la del tren. La primera queda donde empieza el día; la segunda, donde se acaba si el viaje sigue en autobús.

Calzado de andar. El día entero es a pie, con una subida a Urgull y muchas vueltas por calles de piedra.

La marea, de un vistazo. Decide cuánta arena tiene La Concha a la hora del paseo y si el Peine del Viento va a escupir agua por el suelo o no. Se mira en el móvil antes de salir.

Por la mañana: la Parte Vieja y Urgull

Se empieza temprano y por el mercado. En la esquina de abajo de la Parte Vieja está La Bretxa: arriba es centro comercial, pero abajo siguen las baserritarras con lo que han traído del caserío ese día: es el sitio más rápido para ver qué hay de temporada. Los mercados de la ciudad, uno por uno, tienen su guía.

Desde ahí, la Parte Vieja se cruza de punta a punta en diez minutos, y conviene entender lo que se pisa: no es un casco medieval, sino un barrio del siglo XIX levantado después del incendio de 1813. Lo que sobrevivió son las dos iglesias de los extremos. Al fondo de la calle Mayor, encajada contra la roca de Urgull, la fachada barroca de Santa María; en el otro extremo, gótica y oscura, San Vicente, el edificio en pie más antiguo de la ciudad.

En medio, la plaza de la Constitución, con sus balcones numerados de cuando era plaza de toros. Y junto a Santa María, la plaza de la Trinidad, un patio de piedra bajo el monte que casi todo el año está vacío y en julio es el escenario más buscado del Jazzaldia.

La subida a Urgull empieza al lado, en la plaza Zuloaga, y lleva media hora larga por caminos anchos. Arriba está el castillo de la Mota, con la Casa de la Historia —una sala municipal que cuenta la ciudad y que se visita gratis— y el Sagrado Corazón que se ve desde media Donostia. Pero lo que justifica la cuesta es la vista: desde ahí se entiende de una vez la bahía cerrada, la isla en medio, Igeldo enfrente y la Zurriola abierta al otro lado. Es la mejor forma de empezar, porque el resto del día es recorrer lo que se ve desde ahí.

Dos paradas que se pueden poner o quitar, según el tiempo y el interés:

  • San Telmo, el museo de la sociedad vasca, está justo donde empieza la subida, en un convento del siglo XVI. Cierra los lunes que no son festivo.
  • El Aquarium, al final del muelle, donde se acaba el puerto. Es el plan de interior por excelencia si se va con niños o si llueve.

En verano hay además motoras del puerto a la isla de Santa Clara. Es una excursión bonita, pero se come media mañana: con un solo día, mejor mirarla desde arriba.

A mediodía: la barra

Se baja de Urgull con hambre y a la hora buena: en la Parte Vieja, la barra de la una del mediodía es mejor que la de las tres, porque lo que hay a la vista lleva menos tiempo puesto. Lo caliente se pide de la pizarra, no se coge del mostrador.

Unas cuantas barras con ficha, para no ir a ciegas:

  • Txepetxa, en la calle Pescadería, es el bar de la anchoa desde hace más de un siglo. La de crema de centollo es la estrella.
  • Ganbara, en San Jerónimo, con la montaña de setas sobre la barra; de septiembre a noviembre es cuando se llena de verdad.
  • Borda Berri, en Fermín Calbetón, de cocina en miniatura: platos pequeños que se piden en la barra.
  • La Viña, en la calle 31 de Agosto, la de la tarta de queso que hoy se copia en media Europa. A media tarde hay cola; a la hora de comer se entra mejor.
  • Txakolina Taberna, en la misma calle, sirve el txakoli que hace la propia familia en Alkiza.
  • La Barra de Kojua, en la calle Puerto, para quien quiera sentarse: tiene salón con mesas, que en la Parte Vieja no abunda.

Si tu día es lunes, cuidado: en la Parte Vieja muchas barras libran ese día, y no siempre las mismas. Antes de elegir, mira el horario en su ficha, que es la que se mantiene.

La gilda, el pintxo de la ciudad, tiene su propia historia y su propia guía. Y la Parte Vieja que no es barra —los comercios centenarios, las sociedades, los comedores— se cuenta en la guía del barrio.

Por la tarde: la bahía, de punta a punta

Después de comer, la bahía se recorre de este a oeste, del Ayuntamiento al final de la roca. Se sale de la Parte Vieja por los jardines de Alderdi Eder, delante del Ayuntamiento —que fue casino—, con los tamarindos podados en sombrilla y el carrusel de siempre, y se coge el paseo de La Concha.

Es el paseo de la barandilla blanca, y se anda entero en poco más de veinte minutos hasta el Palacio de Miramar, el palacio de verano de la reina María Cristina sobre el promontorio que separa La Concha de Ondarreta. El edificio no se visita, pero sus jardines son públicos y gratuitos, y desde la pradera de arriba se ven las dos playas a la vez: es el único punto a pie de calle desde el que se entiende que son la misma.

Al otro lado está Ondarreta, la playa del Antiguo, y al final de su arena empieza la roca. Cinco minutos más y se llega al Peine del Viento: las tres piezas de acero de Eduardo Chillida ancladas en las rocas del final de la bahía, con la plaza de Peña Ganchegui delante. Con marea alta y mar gruesa, los agujeros del suelo escupen agua y ruido. Se ve gratis y a cualquier hora. En total, de la Parte Vieja al Peine hay unos treinta y cinco minutos andando sin pararse.

Para ver la bahía desde arriba, el funicular de Igeldo sale del final de Ondarreta, en la plaza del Funicular, y sube en unos minutos con el vagón de madera de 1912. Arriba están el mirador y el parque de atracciones, el más antiguo de España en funcionamiento: nada gira deprisa y todo mira a la bahía. Los horarios cambian mucho con la temporada y en invierno abre bastante menos, así que se miran antes de ir hasta la estación.

El Antiguo, el barrio que queda detrás de Ondarreta, tiene su propia guía. Y si es jueves, a partir de las siete de la tarde hay pintxo pote en sus bares.

Si llueve por la tarde

La bahía con lluvia se puede andar, pero no se disfruta. El cambio más sencillo es irse a Egia, al otro lado de las vías, a diez minutos andando del Boulevard: Tabakalera, la antigua fábrica de tabaco, se visita gratis y tiene exposiciones, la Filmoteca y una terraza en lo alto con vista; cierra los lunes. Al lado está el parque de Cristina Enea, para cuando escampe. San Telmo y el Aquarium, si no entraron por la mañana, sirven igual. Todo lo demás está en la guía de Donostia con lluvia.

Al caer la tarde: al otro lado del río

Para volver hacia el este, de Ondarreta a la Parte Vieja hay media hora andando por La Concha, y el que ya no puede más tiene el dbus, el autobús de la ciudad: cómo se paga y qué tarjeta conviene, en la guía de moverse por Donostia.

Se cruza el Urumea y, al otro lado del puente, están los dos cubos de vidrio del Kursaal, de Rafael Moneo: el auditorio del Zinemaldia, del Jazzaldia y de la Quincena. Pegada está la Zurriola, la única playa de la ciudad abierta al mar y por eso la del surf: a última hora de la tarde todavía hay gente en el agua, en enero también. El paseo sigue hasta Sagüés, la explanada del final, que es donde se acaba la ciudad y empieza la falda de Ulía. Con mar de fondo es de los mejores sitios para ver reventar las olas, y de los peores para acercarse a la barandilla.

Por la noche: Gros

Gros es el barrio donde las barras siguen llenas de vecinos, y la cena de pintxos de esta noche se hace aquí. Tres o cuatro paradas bastan:

  • Bergara, en General Artetxe, con más de sesenta pintxos distintos en la barra, fríos y calientes.
  • Gure Txoko, en Usandizaga, donde los calientes se hacen al momento. Tiene veinte plazas: para sentarse, se reserva. Cierra el domingo por la tarde y el lunes.
  • Urtxori Bi, en Berminghan, un clásico del barrio: bacalao de varias maneras y picantillas. Cierra los miércoles.
  • San Francisco 33, ya en Sagüés, al final de la Zurriola, para quien acaba el paseo allí.

Si es jueves, mejor todavía: desde las siete de la tarde es el pintxo pote de Gros, pintxo y zurito a precio cerrado de bar en bar, que es la manera más rápida de entender el barrio. Lo demás de Gros está en su guía.

Y si se quiere la gilda en su sitio, Casa Vallés, el bar de la calle Reyes Católicos donde nació, está en el Centro, junto al Buen Pastor: a diez minutos de Gros cruzando el puente, y de camino si la noche acaba en el centro o en la estación.

Lo que se queda fuera

Un día no da para todo, y conviene saber qué se está dejando:

  • Ulía, el monte del este, que es una mañana entera de senderos hasta el faro y el camino de la costa a Pasai Donibane.
  • Egia, con Tabakalera y Cristina Enea, si no hizo falta por la lluvia.
  • El surf, que en la Zurriola se puede aprender en una mañana con una escuela; está contado en la guía del surf.
  • La isla de Santa Clara, en verano.

Si el día se convierte en dos, por ahí se sigue.

Esto no caduca, pero los sitios que nombra sí: un bar cierra y un horario cambia sin que nadie lo anuncie. Cada ficha enlazada dice cuándo se comprobó.